Cuando la endiosamiento corroe al Espíritu de Servicio

PEDRO ZAMORANO / SECRETARIO GENERAL CAMARA DE COMERCIO SAN BERNARDO
En las organizaciones con vocación de servicio como también en el servicio público, existe un contrato implícito de humildad: el compromiso es que la causa siempre será más grande que quienes la impulsan. Sin embargo, este propósito sagrado se ve frecuentemente amenazado por un enemigo silencioso que no proviene del exterior, sino del corazón mismo de sus filas: la vanidad y el ego de sus integrantes.
Cuando el deseo de protagonismo desplaza la voluntad de entrega, la misión de la organización comienza a desvirtuarse. El servicio deja de ser un fin para convertirse en un escenario; la comunidad deja de ser el foco para transformarse en el público de una representación personal.
El Liderazgo y quien detenta autoridad bajo la Sombra del Narcisismo
El daño es especialmente severo cuando la vanidad se instala en quienes detentan el liderazgo o posiciones de poder. Un líder o una autoridad movido por el ego no busca soluciones, busca aplausos. Sus decisiones dejan de basarse en la eficiencia social o el bienestar común para orientarse hacia aquello que alimente su imagen de poder o infalibilidad.
Este fenómeno genera consecuencias devastadoras:
Asfixia del talento: El líder o la autoridad vanidosa teme el brillo ajeno y termina rodeándose de complacencia en lugar de competencia.
Ruptura del tejido humano: El ego crea jerarquías innecesarias y distancias emocionales, destruyendo la mística de cuerpo que sostiene a cualquier organización de servicio.
Ceguera estratégica: Quien cree saberlo todo deja de escuchar las verdaderas necesidades de la comunidad, operando desde una torre de marfil que lo desconecta de la realidad.
La verdadera grandeza en el servicio comunitario no se mide por cuántas placas o pines se llevan, sino por la profundidad del impacto que dejamos en la vida de los demás. La vanidad es, en última instancia, una inseguridad disfrazada de importancia; el verdadero liderazgo y el buen ejercicio de la autoridad, en cambio, son una forma de generosidad radical.
Es imperativo que las organizaciones cultiven mecanismos de autocrítica y horizontalidad. Debemos recordar que en el servicio no hay “personajes”, solo servidores. Cuando el ego ocupa el centro de la mesa, la solidaridad se queda sin silla.
Recuperar la esencia del servicio exige un ejercicio constante de introspección. Debemos preguntarnos cada día: ¿Estoy aquí para que me vean, o para que otros vean un cambio en sus vidas? Si la respuesta no es la segunda, el daño ya ha comenzado.

