¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 1973?

CARLOS ALZAMORA V. /DIRECTOR MEDIO ELECTRONICO DESENFOQUE

 

Esa mañana Santiago amaneció con algo de nubosidad. Temprano, como cada día, los niños partían al colegio, yo iba por las tardes.

Desde ese martes y hasta el año siguiente no habría más clases.

Mi padre había salido con mis hermanas mayores al liceo, y a las 8 estaba en su oficina en el centro de Santiago.

Yo tenía 10 años y mi tarea era ir a comprar el pan, toda una odisea recorriendo las panaderías del barrio y más allá también.

Eran las 9 y a poco andar divisé un convoy militar rumbo al centro de Santiago. Enfilaban por la Panamericana al norte, en La Cisterna. Corrí de regreso a casa, porque los uniformados habían cortado el cruce hacia la Gran Avenida.

Mamá escuchaba la radio en la cocina. El Presidente Allende se despedía.

Mi madre, de carácter fuerte, lloraba.

Entonces vino la tarde. Desde el sur de Santiago, sin los edificios que hoy la rodean, vimos el humo que salía de La Moneda. El cielo se volvió gris y comenzó a llover, una lluvia suave, mientras la radio hacía sonar música en inglés, «Daniel» de Elton John.

Luego vino la oscuridad. Vecinas y vecinos que celebraban ondeando banderas y otros que les rebatían: «¿En un año dice usted que van a devolver el gobierno al pueblo? Acá va a ser como en España, que llevan más de 30 años con Franco».

Y vino la división. La gente sospechaba del otro. Las casas comenzaron a enrrejarse. El toque de queda, con el tiempo se fue relajando. Desapareció la vida de noche, todos nos refugiábamos en nuestras casas al atardecer.

Pasábamos en una de nuestras piezas, al fondo, escuchando Radio Moscú, el programa «Escucha Chile». En casa se leían dos diarios cada mañana y la información independiente había desaparecido. ¿Acaso sería el motivo para que dos de cinco hijos fueran, más tarde, periodistas?

La noche más oscura pasó, con más de 5 mil desaparecidos, torturados y miles de exiliados que seguirán siendo presente.

Nací el 63, en el comienzo de la Guerra Fría. 18 años después de Hiroshima y Nagasaki. El mundo bipolar me arrebató buena parte de mi adolescencia. Es lo que el destino, el signo de los tiempos, me puso en el camino.

Familiares torturados, amigos asesinados por el régimen, muchos más exiliados, y la vida sigue amenazada.

Los genocidios como los del siglo pasado se siguen cometiendo, esta vez transmitidos en directo.

La vida es un péndulo, espero que Chile sea una excepción.

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