IPC, Pymes y un cambio que sigue esperando

El Índice de Precios al Consumidor (IPC)  de agosto volvió a poner sobre la mesa una realidad que las familias chilenas conocen mucho mejor que cualquier estadística. Vivir cuesta cada vez más. El aumento de 0,6% registrado durante el mes, que llevó la inflación acumulada en el año a 3,6% y a 4,1% en doce meses, estuvo impulsado principalmente por alimentos y transporte.

El IPC subió inesperadamente empujado de forma directa por un alza del 3,9% en la carne de vacuno y un 17,8% en las papas, justo en la antesala de las Fiestas Patrias, confirmando que la inflación no es solamente una cifra económica, sino una presión directa sobre el presupuesto familiar.

El efecto también llega a las Pymes, que enfrentan simultáneamente mayores costos y consumidores con menor capacidad de compra. Cuando suben los alimentos, el transporte, los insumos, los arriendos o los servicios, el pequeño empresario tiene dos alternativas igualmente difíciles. Absorber el aumento y reducir sus márgenes, o traspasarlo al precio y arriesgar perder clientes. Y mientras tanto, la UF también seguirá reflejando esta inflación. Tras el IPC de agosto, se proyecta que supere los $41 mil, encareciendo todos aquellos compromisos expresados en UF.

Aquí aparece una contradicción que no puede seguir ignorándose. Se prometió mejorar el bienestar de los habitantes, pero para una familia bienestar significa algo mucho más concreto que un indicador macroeconómico, que el sueldo alcance para pagar el arriendo o dividendo, comprar alimentos, movilizarse, pagar las cuentas y llegar a fin de mes sin vivir permanentemente al límite.

La llamada megarreforma podrá tener objetivos importantes, pero sus resultados no serán inmediatos. La gente, en cambio, necesita respuestas ahora. Necesita recuperar capacidad de compra, estabilidad y la sensación de que trabajar permite vivir un poco mejor.

El problema es que la paciencia también tiene un límite. Un país no puede pedir indefinidamente comprensión a familias que hacen malabares con sus ingresos, a trabajadores cuyo dinero pierde poder adquisitivo y a Pymes que sobreviven entre mayores costos y menor consumo.

Entonces, cuánto tiempo más puede esperar un pueblo aletargado mientras el costo de la vida sigue avanzando. Porque al final, la verdadera medida del éxito de cualquier Gobierno no está solamente en sus cifras. Está en algo mucho más sencillo y concreto, que a la gente le alcance el dinero para vivir dignamente y llegar a fin de mes.

 

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