En un escenario internacional marcado por conflictos bélicos, alzas en los precios de la energía y un efecto dominó sobre la economía global, la seguridad alimentaria vuelve a instalarse como una preocupación central. Chile no está ajeno a este fenómeno. El reciente incremento en los combustibles con alzas históricas en combustibles ha comenzado a trasladarse al costo de la vida, impactando directamente el bolsillo de las familias. En este contexto, los huertos urbanos y familiares emergen no como una tendencia, sino como una necesidad.

La relación es directa. Cuando sube el combustible, sube el transporte y con ello el precio de los alimentos. De hecho, el alza reciente ya se refleja en una inflación que golpea especialmente a los sectores medios y vulnerables. Así, llegar a fin de mes se vuelve un desafío creciente y la dependencia de cadenas de suministro largas y costosas deja a las familias en una situación de fragilidad.

Los huertos urbanos han demostrado históricamente florecer en tiempos de crisis. Desde guerras hasta recesiones económicas, el autocultivo ha sido una respuesta concreta frente a la escasez. Y no es casualidad. Organismos internacionales como la FAO consideran la agricultura urbana una herramienta clave para enfrentar crisis alimentarias, reducir la pobreza y mejorar la nutrición.
En Chile, distintas iniciativas públicas y comunitarias han comenzado a avanzar en esta dirección. Programas impulsados por el Ministerio de Agricultura destacan que los huertos urbanos permiten mejorar el acceso a alimentos, optimizar espacios en la ciudad y aliviar la carga económica de las familias. A ello se suma su crecimiento sostenido en los últimos años, especialmente tras la pandemia y el estallido social, momentos donde la incertidumbre económica impulsó a miles de personas a producir sus propios alimentos.
El valor de los huertos urbanos va más allá del ahorro económico. En un escenario donde la inseguridad alimentaria crece producto de la inflación y desigualdad, estos espacios representan una forma de recuperar el control sobre lo que se consume.

Se trata, en esencia, de soberanía alimentaria. Producir localmente, reducir la dependencia del mercado y fortalecer redes comunitarias. En barrios de distintas regiones del país, los huertos han servido como puntos de encuentro, educación y colaboración, reforzando el tejido social en tiempos de incertidumbre.
Además, su impacto es tangible: permiten acceder a alimentos frescos, nutritivos y libres de intermediarios. En un país donde los precios de frutas y verduras pueden fluctuar fuertemente, cultivar en casa o en comunidad se convierte en una estrategia concreta para garantizar calidad y estabilidad.
El concepto de “permacrisis”, una crisis permanente y multifactorial, define bien el momento actual: guerras internacionales, crisis energética, inflación y desigualdad convergen en un mismo escenario. Frente a ello, los huertos urbanos aparecen como una solución simple pero poderosa.

No resolverán por sí solos los problemas estructurales de la economía, pero sí ofrecen una herramienta inmediata, accesible y sostenible para miles de familias. Como señalan expertos, son parte de una estrategia de resiliencia urbana que permite enfrentar crisis sociales, económicas y ambientales desde lo local. Quizás es sembrar hoy para resistir mañana.
En tiempos donde el costo de la vida sube y la incertidumbre global se profundiza, volver a la tierra aunque sea en un pequeño patio, balcón o plaza deja de ser una práctica alternativa y se transforma en un acto de supervivencia.
Los huertos urbanos no solo producen alimentos, producen autonomía, comunidad y esperanza. En un Chile tensionado por el alza de los combustibles y el encarecimiento de la vida, quizás la respuesta más concreta no esté en grandes reformas inmediatas, sino en algo tan básico como volver a sembrar.

