Estudios alemanes realizados en Chile: Incendios forestales alteran el suelo por más 10 años

Los incendios forestales remodelan los suelos durante décadas. El fuego se apaga en cuestión de días. Las cenizas se dispersan con el viento. El bosque empieza a brotar de nuevo. A simple vista, parece que la naturaleza pasa página rápido. Pero bajo la superficie el cuento es otro: los suelos forestales pueden tardar décadas en recuperarse, y esa recuperación no ocurre igual en todos los climas.

Un equipo internacional liderado por la Universidad de Göttingen, con centros en Tübingen, Berlín y Chile, ha analizado qué ocurre en el subsuelo tras grandes incendios en dos tipos de bosques de Chile central: lluviosos templados y mediterráneos esclerófilos. Sus resultados, publicados en la revista Catena, muestran que la estructura del suelo y sus nutrientes siguen cambiando más de diez años después del fuego, y que los bosques mediterráneos salen claramente peor parados.

La investigación encaja en un contexto más amplio: en Chile, solo entre 2014 y 2023 ardieron alrededor de 1,5 millones de hectáreas, con la mayoría de incendios concentrados en las regiones de clima mediterráneo del centro-sur del país. Y no es un caso aislado: en Europa, los veranos recientes han batido récords de superficie quemada, con más de 1 millón de hectáreas arrasadas en la UE solo en 2025, buena parte en la Península Ibérica.

En lugar de esperar décadas a que un único incendio envejezca, el equipo utilizó un enfoque de “cronosecuencia”: comparar suelos que se quemaron en años distintos para reconstruir una línea de tiempo de la recuperación.

Trabajaron en dos parques nacionales de Chile central:

Nahuelbuta, con un bosque templado húmedo dominado por Araucaria (el conocido “pino araucaria” o árbol del monito). Un ecosistema con lluvias abundantes y árboles de raíces profundas.

La Campana, con un bosque esclerófilo mediterráneo, formado por especies de hoja dura y pequeña adaptadas a veranos muy secos y calurosos.

En cada parque se extrajeron testigos de suelo de los 10 centímetros superiores en zonas:

Quemadas muy recientemente (hasta solo dos días después del incendio).

Quemadas hacía hasta 14 años.

Y, como referencia, áreas cercanas que no habían ardido en décadas.

Después se analizaron propiedades físicas (como la densidad aparente, que indica cuán compactado está el suelo) y químicas (pH, contenido de carbono, nitrógeno y nutrientes como calcio, magnesio y potasio). Con ello pudieron seguir la huella del fuego a lo largo del tiempo y comparar la capacidad de resiliencia de cada ecosistema.

El estudio confirma algo que muchas veces se intuye pero se subestima: los incendios no solo consumen vegetación, también reordenan el suelo desde dentro. Tras el paso del fuego, el suelo se vuelve más denso, pierde porosidad, cambia su química y rompe ciclos biogeoquímicos que tardan años en recomponerse.

En la práctica, el suelo se convierte en una especie de archivo de incendios pasados: incluso cuando el paisaje ya parece verde otra vez, los perfiles de suelo siguen “recordando” el fuego en forma de compactación, pérdida de materia orgánica y desequilibrios de nutrientes. Y estos recuerdos no son inocentes: condicionan cómo crecerán los bosques del futuro.

El equipo observó que los incendios incrementan una compactación significativa. Esa compactación reduce los espacios porosos, dificulta la infiltración del agua y complica el crecimiento de las raíces. A la vez, la ceniza elevó de forma temporal el pH del suelo, con efectos sobre la disponibilidad y el movimiento de nutrientes.

Los resultados también muestran un cambio claro en la distribución de nutrientes clave:

El fuego redistribuye calcio, magnesio y potasio, que pueden concentrarse en superficie tras el incendio pero perderse luego con las primeras lluvias intensas.

En los bosques mediterráneosla pérdida de carbono y nitrógeno es más intensa y persistente.

En el bosque templado húmedo, las lluvias abundantes y la presencia de árboles adaptados al fuego, con raíces profundas, favorecen una recuperación más rápida de la estructura del suelo y de sus reservas de carbono.

En el bosque mediterráneo, con veranos secos y suelos ya de por sí más sensibles a la erosión, el impacto es más severo: la compactación dura más, el suelo pierde carbono y nitrógeno durante años y la capacidad de almacenar agua se resiente.

El estudio señala que, incluso 14 años después del incendio, los suelos mediterráneos seguían sin recuperar su equilibrio de nutrientes previo al fuego, mientras que los suelos templados mostraban una recuperación más avanzada.

Esto tiene una implicación incómoda pero clara: no existe una única “curva de recuperación” del suelo tras un incendio. Depende del clima, del tipo de vegetación, del régimen de lluvias y de la historia previa del lugar.

Además, otros trabajos recientes en la región muestran que la intensificación de las sequías y de las olas de calor en Chile central y en la cuenca mediterránea están creando condiciones de fuego cada vez más extremas, con temporadas de megaincendios como las de 2017 y 2023 en Chile, o los episodios recientes en España y Portugal.

Comprender cómo se recupera el suelo tras el fuego no es un detalle académico, es una pieza central de la gestión forestal en un clima que se calienta.

Algunas decisiones habituales tras un incendio —como la madera de recuperación intensiva (salvage logging) o el uso excesivo de maquinaria pesada— pueden empeorar la compactación del suelo y retrasar todavía más la regeneración, sobre todo en suelos mediterráneos muy frágiles. Estudios recientes advierten que este tipo de manejo puede aumentar la erosión, alterar los flujos de carbono y reducir la biodiversidad del suelo.

Por el contrario, estrategias más cuidadosas con el suelo —como dejar parte de la madera quemada como protección, aplicar coberturas vegetales o tratamientos específicos para frenar la erosión— ayudan a conservar la humedad, reducir la escorrentía y favorecer el regreso de la vegetación nativa.

En Europa, proyectos como LIFE REFOREST están probando soluciones innovadoras para reducir la pérdida de suelo tras los incendios, utilizando “micotecnosuelos” elaborados con residuos orgánicos y hongos para mejorar la retención de agua y acelerar la cobertura vegetal en laderas quemadas. En Chile, programas públicos de restauración y planes como “Siembra por Chile” incorporan cada vez más la dimensión del suelo en sus estrategias de reforestación de bosques nativos.

Lo que pasa en estos primeros centímetros de suelo tras un incendio tiene efectos en cadena sobre el clima, el agua y la biodiversidad:

Carbono y clima: cuando el suelo pierde carbono orgánico, deja de actuar como sumidero de CO₂ y pasa a ser una fuente adicional de gases de efecto invernadero. En zonas mediterráneas, donde la pérdida de carbono es más duradera, se debilita una de las principales reservas de carbono de los ecosistemas terrestres.

Ciclo del agua: suelos más compactados e hidrofóbicos (repelentes al agua) favorecen la escorrentía rápida y las riadas tras episodios de lluvia intensa. Eso significa más erosión, más sedimentos bajando a ríos y embalses, y mayor riesgo de deslizamientos.

Fertilidad y productividad: la pérdida de nitrógeno y otros nutrientes reduce la capacidad del bosque para rebrotar con vigor. Los árboles crecen más despacio, los matorrales colonizadores tardan más en cerrar el suelo y el paisaje queda más tiempo expuesto a nuevos incendios.

Biodiversidad: los cambios en el suelo afectan a hongos, bacterias y microfauna que sostienen la fertilidad. Si esos organismos tardan años en recuperarse, también lo hace el conjunto del ecosistema. Algunos estudios en bosques mediterráneos muestran que ciertas comunidades microbianas pueden quedar alteradas durante largos periodos, con consecuencias difíciles de revertir.

Comunidades humanas: suelos degradados implican más polvo, peor calidad del agua y menor capacidad para apoyar actividades como la ganadería extensiva o la recolección de productos forestales. Y eso, en muchas zonas rurales, se traduce en más vulnerabilidad social.

Hay un punto clave: si los incendios se vuelven más frecuentes —como proyectan el IPCC para la región mediterránea y otras zonas de clima similar— los suelos no llegan a cerrar el ciclo de recuperación antes de que llegue el siguiente fuego. Es como vivir siempre en “fase de emergencia”, sin tiempo para reconstruir bien.

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