Los incendios forestales que afectan a Chile, especialmente en la zona sur de la Región metropolitana más cerca de Melipilla, con lenguas de fuego que devoran todo, sin importar los huesos, la sangre ni la historia, con olas de calor cada vez más intensas y prolongadas en el Cono Sur y la creciente frecuencia de eventos extremos en Argentina no son hechos aislados.
Todos forman parte de un mismo proceso global: el cambio climático acelerado por la deforestación y las emisiones de gases de efecto invernadero, cuyo epicentro regional es la Amazonía.
Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, la deforestación en Brasil alcanzó niveles históricos, debilitando uno de los principales reguladores climáticos del planeta. La Amazonía funciona como un gigantesco “aire acondicionado natural”: produce humedad, regula temperaturas y alimenta los llamados ríos voladores que llevan lluvias hacia el sur de Sudamérica. Su degradación altera ese equilibrio.
Estudios científicos recientes advierten que la selva amazónica está entrando en un régimen climático nuevo, denominado “hiper tropical”, caracterizado por temperaturas más altas y sequías más frecuentes. Este estrés extremo está provocando una mayor mortalidad de árboles y reduciendo la capacidad del bosque para absorber dióxido de carbono, lo que acelera aún más el calentamiento global.

Las consecuencias ya se sienten en Chile. Temperaturas récord, sequías prolongadas y vegetación extremadamente seca crean las condiciones ideales para incendios forestales de gran magnitud, como los vividos en las últimas temporadas. El calor extremo no solo favorece la propagación del fuego, sino que dificulta su control y aumenta el impacto sobre poblaciones, infraestructura y ecosistemas.
En Argentina, el mismo desajuste climático se manifiesta de otras formas: olas de calor históricas, sequías severas, lluvias torrenciales repentinas y mayor energía en los océanos, lo que intensifica marejadas, sudestadas y eleva el riesgo ante eventos sísmicos que pueden derivar en alertas de tsunami. El calentamiento del mar no provoca terremotos, pero sí agrava sus efectos costeros.

Este escenario ambiental crítico convive, además, con profundas transformaciones sociales. En Chile, la drástica caída de la natalidad refleja un contexto de incertidumbre económica, climática y social, donde las nuevas generaciones enfrentan un futuro marcado por crisis ambientales cada vez más frecuentes.
Los científicos coinciden en que el desenlace no es inevitable. La magnitud del daño dependerá de cuánto se reduzcan las emisiones y cuánto se protejan los ecosistemas clave. Como advierten los investigadores de la Universidad de California en Berkeley, el clima hiper tropical “depende de nosotros”. Lo que hoy ocurre en la Amazonía está redefiniendo el clima de toda Sudamérica.

