A propósito de las elecciones y los riesgos del poder

Cuando la ciudadanía percibe que el poder se utiliza para el enriquecimiento personal en lugar del servicio, se instala un profundo cinismo que dificulta la cooperación, la inversión y el desarrollo.

 

PEDRO ZAMORANO PIÑATS / SECRETARIO GENERAL / CAMARA DE COMERCIO SAN BERNARDO /

 

A propósito de decisiones que deberemos tomar próximamente como ciudadanos responsables con respecto a las autoridades que dirigirán el país y como en cualquier esfera de la vida, ya sea en el ámbito público, empresarial o incluso dentro de organizaciones de servicio, la tentación de aprovecharse de una posición dominante para obtener beneficios personales es una lacra que socava los cimientos de la ética y la confianza.

Esta práctica no solo es inaceptable, sino que representa una traición a la responsabilidad inherente a cualquier cargo de poder o influencia

Cuando una persona ostenta una posición de liderazgo, de autoridad o de control sobre recursos y decisiones, se le confía una gran responsabilidad. Se espera que actúe en pro del bien común, de los intereses de la institución que representa o de las personas a las que sirve. Desviar esa confianza para lucros individuales, favoritismos o privilegios es una afrenta directa a la integridad. No importa si se trata de un funcionario público que desvía fondos, un ejecutivo que manipula información para enriquecerse, o un líder comunitario que utiliza su influencia para beneficiar a allegados; el principio es el mismo: se está traicionando la esencia del deber.

Este tipo de abuso no solo daña a las víctimas directas de la acción, sino que genera un efecto dominó devastador. Erosiona la fe en las instituciones y en las personas que las dirigen.

Cuando la ciudadanía percibe que el poder se utiliza para el enriquecimiento personal en lugar del servicio, se instala un profundo cinismo que dificulta la cooperación, la inversión y el desarrollo. La desconfianza resultante puede paralizar iniciativas valiosas y desmotivar a aquellos que genuinamente desean contribuir al progreso.

Además, el aprovechamiento indebido de posiciones dominantes distorsiona la meritocracia y la equidad. Se crea un terreno de juego desigual donde las conexiones o la influencia corrupta prevalecen sobre el talento, el esfuerzo y la honestidad. Esto no solo es injusto, sino que frena el potencial de una sociedad al no permitir que las mejores ideas o los individuos más capaces avancen en función de sus méritos.

Para quienes formamos parte de organizaciones que promueven el servicio y la ética, esta reflexión es aún más pertinente.

Nuestros principios fundamentales nos exigen actuar con integridad, transparencia y en beneficio de todos losinteresados.

Cualquier desviación de este camino, cualquier intento de usar la influencia de la organización para agendas personales, es una afrenta directa a todo lo que representamos.

En última instancia, la lucha contra el abuso de posiciones dominantes requiere de una vigilancia constante, de marcos éticos robustos y, sobre todo, de un compromiso inquebrantable con la rendición de cuentas.

Es un recordatorio de que el verdadero poder radica en el servicio desinteresado y que la mayor riqueza es la confianza y el respeto ganados a través de la honestidad y la transparencia.

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